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«Javier
Iglesias: volveré y seré millones» |
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Orientaciones «La
noche del día 6 al 7 de septiembre de 1996 murió en Buenos Aires, en
circunstancias aún por aclarar, Javier Iglesias. Han pasado, pues, más
de diez años de lo que, con toda probabilidad, fue un asesinato. Decenas
y decenas de testimonios apuntan de manera inequívoca que fue la policía
menemista la que apretó el gatillo y envolvió el affaire con
el siniestro celofán de un atraco a un camión blindado donde, uno de
los atracadores —Javier—, iría armado con su... ¡agenda
personal! O mucho me equivoco o va a ser imposible saber la verdad,
pues para que se sepa la verdad es preciso que alguien hable, y no es
necesario haber estudiado latín en Salamanca para saber que si ese alguien
hablara las vidas de él y los suyos valdrían menos que nada. Confiar,
pues, en la justicia humana argentina sería un mayúsculo acto de puerilidad;
espero que, al menos, la justicia divina —si existe, que ese es otro
cantar— opere. [...] Al margen de su palabra, de su discurso, nos queda,
con toda seguridad, lo más sustancial y trascendente: Javier Iglesias
—insisto— no vivió entregado a una vida burguesa —anestesiado entre
la grey de los consentidores— ni, por supuesto, lanzando majaderías
urbi et orbi desde un ordenador a través de la red, deporte
de gran aceptación entre los gelatinosos patriotas de hogaño.
Javier Iglesias, aún situándose en la misma dirección, siguió el sentido
contrario. Javier Iglesias se atrevió a hacer una apuesta de alto riesgo.
Javier Iglesias dio siempre la cara. Javier Iglesias interpretó la revolución
en clave de liberación de los desposeídos y los humillados. Javier Iglesias,
en definitiva, volvió a recordarnos a todos y cada uno de nosotros que
la vida, como dijo José Antonio Primo de Rivera, sólo vale la pena cuando
se quema al servicio de un gran empeño. [De los párrafos previos del editor] |
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