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«Eugenio
o proclamación de la primavera»
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Orientaciones ¿Por qué digo que no nos merecemos Eugenio? Además de por lo anteriormente expuesto, porque Eugenio ya no existe en tanto que hoy no hay españoles que quieran conducirse como él. Si la Iliada fue considerada en la Antigüedad clásica como el viático del guerrero, siendo así que una edición comentada por Aristóteles palpitó siempre bajo la almohada y junto a la daga de Alejandro Magno, hubo un tiempo épico, duro y amargo, pero no estéril, en el que Eugenio fue considerado el viático del falangista, porque Eugenio en su dimensión real, Eugenio Lostau Román, fue el falangista total pues lo fue en la doble vertiente del término: en la dimensión del credo político joseantoniano de los años treinta, y en la conceptual histórica de la unidad de combate de la que José Antonio toma el nombre para bautizar a su movimiento político, la falange griega. Eugenio Lostau Román, Eugenio, cuyo nombre, al igual que el de la militancia política que abraza, también viene del griego: Eugenio, el bien nacido; Eugenio, el de buen linaje; Eugenio, el de buena estirpe, amó a España por encima de sí mismo y persiguió la Justicia Social para todos los españoles como un ideal permanentemente desvelado, como un imperativo moral y legal sin el cual no se puede construir la Patria. Toda esa lucha Eugenio la llevó a cabo al modo y al estilo de un combatiente de las falanges griegas, sin claudicar jamás, sin romper la unidad, sin negarle jamás la protección de su escudo al falangista de la izquierda... así era Eugenio Lostau Román, el falangista total, Eugenio, el español, el hombre, el universitario, sindicalista en el tajo, filósofo en el Partenón, soldado a banderas desplegadas en el campo de batalla, espía de acero y de hielo en la Quinta Columna y patricio senatorial en las Cortes Españolas. Los dos murieron. Eugenio Lostau, de asco. Eugenio, de soledad porque no hay Falange a la que abrazarse ni para combatir ni para filosofar. Espero que esta reedición de Eugenio lleve implícita su epifanía». [de la presentación de Eduardo García Serrano] |
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