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«Hitler.
La marcha hacia el Reich (1918-1933)» |
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Orientaciones Cualquier acontecimiento, por insignificante que sea, llevado
a cabo por las armas invictas o sus hombres, el relator triunfante y
victorioso lo elevará a la categoría de gesta o de epopeya, si así conviene
a su propaganda o a su estima. Por el contrario las hazañas del enemigo,
vencido y derrotado, por altruistas y heroicas que pudieran haber sido,
siempre el vencedor las reducirá a meras escaramuzas denigratorias para
quien las llevó a efecto. La Historia es maniquea. El dios de la verdad, en la rueda
de la Historia sagrada, sucede siempre al falso ídolo. El ángel más
bello queda convertido en el arquetipo del diablo demonizado tras las
batallas siderales ante las que sucumbe su espada flamígera. El buen
rey que claudica ante la nueva dinastía se metamorfosea en el implacable
tirano inmisericorde. El caudillo heroico y popular, si no alcanza la
victoria del músculo y de la fibra, quedará, aunque le asista la razón,
reducido tanto él como sus seguidores, en el peligro más abyecto e inminente
para quienes sólo quedará reservado el cadalso y la mazmorra, la tiniebla
y el estigma denigratorio a perpetuidad. En la historia contaminada y asfixiante de la segunda mitad
del siglo XX es difícil encontrar textos veraces que hayan pasado
la censura implacable de las ideologías dominantes y domadoras
—capitalismo y comunismo—. A partir de 1945 se eclipsó el sol naciente,
se cegó la luz ancestral emergente, se taponó el manantial de aguas
limpias y cristalinas, se enquistó la veleta que empezaba a ser impulsada
y orientada por la brisa de aire puro e incontaminado, se extirpó la
buena simiente, se apagó el fuego interior que abrasa el espíritu y
que es capaz de llevar a cabo la revolución de las almas. Pero sépase bien: vencer no es convencer. El convencimiento
de la victoria no es de quien ha golpeado más y más fuerte, sino de
quien ha aguantado con paciente estoicismo los martillazos frenéticos,
quien saber ser yunque cuando yunque y martillo cuando martillo. La
victoria de las armas es efímera, la del espíritu y el ideal, eterna. Léon Degrelle con este libro desafía y pone en entredicho la mentira oficializada. Escribe sin complejos la única verdad posible cuando se tiene la fuerza de la razón aunque se extenuaran las razones de la fuerza del combate. Es la crónica de un heraldo que se limita a constatar los acontecimientos vividos y sentidos. Es el canto del cisne que sabe morir con melodía. Es el ocaso de los dioses que terminan con redoble triunfal y partitura sinfónica. Es la espada blandiendo al dragón verde y espurio que se ha erigido en el guardián actual de la humanidad. Es la versión pura y desnuda de lo que sucedió tal cual, sin ambages. Degrelle no es negacionista, es afirmativo. No es pesimista, es positivo. No es claudicante, es fidedigno. No es simpatizante, es militante. No es equívoco, es diáfano. No transige con la verdad, la exige. Es consecuente con su lema: “quien no se expone, no se impone”».
[del prólogo de José Luis Jerez Riesco, presidente |
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